sábado, 21 de marzo de 2015

El cierzo huele a miel


Moncayo apadrina desde la lejanía la belleza de este paisaje




Son marionetas en las manos caprichosas de la meteorología, la floración de los almendros dependerá de todos y cada uno de los fenómenos que propician la climatología de un territorio: precipitaciones que han empapado los suelos estoicos de las plantaciones, hielos lacerantes, nieblas envolventes o vientos lisonjeros que encaran al árbol desnudo y acarician traicioneros sus ramas maduras, las generosas en yemas florales, y movilizan así la sabia aletargada en las entrañas de los almendros… Resulta difícil prever unos días de vacaciones que te permitan coincidir y asistir a este asombroso espectáculo que cada año se representa en el agraciado Valle del Cidacos y algunos otros parajes próximos a él. Por ello, al no poder concretar de antemano las fechas propicias para acudir al evento y disfrutar del mismo, la semana pasada ha sido para el “viajero” un sin vivir de idas y venidas para encontrar estas apoteosis paisajísticas, la culminación floral de miles de almendros.
Arboles austeros y sufridos donde los haya, se permiten durante quince días, de manera escalonada y desigual, un derroche tan grande de energía vital que dotan a este territorio de una belleza sin parangón. Así pues, acarreo trípodes, máquinas fotográficas, acompañantes entusiastas, y la mente y los sentidos alerta en un nuevo intento, un año más,… una vez más,… de revalorizar estos paisajes riojabajeños, con un interés humano, natural y potencialmente económico todavía sin reconocer…



El domingo de madrugada se acercó a las laderas arnedanas de Gatún, desde Valdelavía, desplegado el espléndido mosaico de almendreras, viñas y olivares entre Arnedo y Quel, y los Pirineos nevados en el horizonte, constató que habían perdido la flor los almendros cercanos a la ribera, mientras los que le rodeaban, con las yemas reventonas, permanecían sin abrir… Un par de días más tarde, con temperaturas altas de primavera, subió “el viajero” a la Fuente del Prado de nuevo a las laderas de Gatún, esta vez entre Quel y  Autol, y la floración de los almendros estaba ya de bajón, las hojas lanceoladas comenzaban a tornar verdes sus ramas pasteleadas todavía en blancos y rosas… El jueves, último día antes del cambio que restituiría a los paisajes las sensaciones invernales, se acercó al entorno de Prejano, pues también allí, en las faldas de Peña Isasa y Peña Almonte que se descuelgan hacía el Cidacos, abundan las plantaciones de almendros entre los centenarios olivares, panorámicas sugestivas que tenían como telón de fondo los cortados bermellones de Herce y Santa Eulalia. Otra vez llegó tarde para plasmar en imágenes la singular belleza de unos paisajes en los que habían confluido los numerosos campos floridos de almendros, las luces envolventes del atardecer y la calidez de los tonos carmesís de las areniscas,… solo quedaban retazos del paño florido tejido un par de días antes… le vino entonces a la cabeza el verso inicial de un poema de Antonio Machado (1) en el que manifiesta  sus desvelos en pos de la belleza…


                           “Siempre fugitiva y siempre
                            cerca de mí…”




Fue ya el sábado pasado, con el cierzo instalado en los paisajes, cuando decidió volver a tentar la suerte y regresó al rincón que él había bautizado como “luna de almendros” en el municipio de Grávalos, allí, la floración efímera y tan supeditada a la climatología de estos árboles, suele ser más tardía y esto le daba pie a la confianza… Era el último intento, hasta el año que viene, de perseguir la inusitada perfección que encierran estos paisajes, e intentar mostrarla a través de las bellas imágenes que trataba de componer y de la búsqueda  y conjunción de las palabras idóneas y estimulantes que los describan…
A pasado un año desde el paseo que “el viajero” hizo desde esta población a la ensoñada Peña Redonda (2), para descender luego cansados físicamente y embriagados de sensaciones, y buscar la relajación en el recién inaugurado Balneario de Grávalos.   Partió de nuevo, el sábado pasado, del Lavadero  de Fonsorda y su balsa vivaracha y recoleta en dirección al anunciado Mirador de los Almendros, un camino que discurre en sus comienzos entre pequeñas huertas y algunas viñas de reciente plantación, y que deja pronto entrever que los almendros ocuparán poco a poco las laderas aterrazadas y los terrenos más pobres e improductivos. Pasó “el viajero” junto a un vertedero y le resultó inverosímil su permanencia en el tiempo, pues parece este  recorrido  un paseo apropiado para vecinos y visitantes, para los usuarios de las instalaciones termales, y no entiende pues, que no se hayan acometido actuaciones para dignificar esta infraestructura que tanto afea el tránsito por este apetecible camino… Y más aún tan implicados como aparentemente se les siente al Ayuntamiento y al Gobierno de La Rioja en el devenir del Balneario, pues, dicho por ellos, debería ser este un poderoso acicate en la regeneración del tejido social y económico de la comarca.




No dejan indiferentes las vistas desde el Mirador de los Almendros a quién goza de la fortuna de llegar allí, esta balconada habilitada cerca de los Corrales de la Costeruela (Hace pocos años y ya descuidada y bastante deteriorada… Qué poco cuesta gastar el dinero de los contribuyentes,… y luego nadie asume la responsabilidad de mantenerla…), un lugar accesible, muy aconsejable para el reposo y la contemplación de esta obra de arte laborada a partes iguales entre las sucesivas generaciones de gravaleños y una naturaleza privilegiada: la protectora Sierra de Yerga por el norte, coronada por los “gigantes tribraquiales” que fácilmente reconocería Don Quijote, enérgicos voceadores cuando sopla la cercera, y Moncayo, el vigoroso, peine de vientos y borrascas provenientes del sur, que apadrina orgulloso, desde  la lejanía, la belleza de este paisaje…
El día inseguro y frío exigía no demorarse más, descendió garboso “el viajero” hasta cruzar la Llasa de Valdeladrones, y comprobó como el cierzo, que galopaba sin riendas valle abajo, era goloso,  su aliento frío que le interpelaba con descaro olía a miel, robaba su perfume a las flores de los almendros, querenciosas de calor y calma (estímulos para la producción de néctar que atrae a las abejas para recolectarlo y aseguran así las flores su ligazón). No es el cierzo, ladrón, un buen aliado de los almendros...



Tomó una pista ancha hacia la derecha trazada en paralelo al barranco, dejó atrás una destacada corraliza medio arruinada, testigo en pie de la historia del territorio y se desvió por el primer camino a la izquierda que  subía en dirección norte hacia unos peñascales calizos que a media ladera tomaban relevancia en el paisaje, allí quería llegar “el viajero”. La subida la hizo hechizado por los muchos estímulos naturales y humanos que salían a su encuentro: una pareja de escribanos cerillos, de colores pardos, negros, grises y amarillos se dejaban ver en las copas de los almendros, aparecían desperdigados restos de cabañas y corrales, inquietas como siempre las currucas rabilargas jugaban a un escondite interminable entre los romeros ya plenamente floridos en los abrigados barranquillos que descienden de Yerga, la cara se relajaba fustigada (ahora está de moda) con pétalos blancos y sonrosados de las flores ya desnudas, por el cierzo goloso,… y en lo alto, sin perder detalle “la real”, la rapaz más poderosa de la Península Ibérica, es su territorio y casi nunca falta a la cita.



A la altura del primer conjunto rocoso se desvió a la derecha en busca de un promontorio, junto a unas redondeadas chaparras, que le permitió ser testigo de una excepcional visión: a sus pies, una “luna menguante de almendros” estaba apeada en aquel rincón privilegiado, mayoritarias salpicaduras de brillo anacarado dibujaban al capricho de la luz antojadiza e inconstante  de aquella mañana un arco lumínico impensable en el “valle almendrado” de Grávalos… La visión quiso rozar la belleza perfecta en algunos momentos,… breves instantes que son recuerdos eternos… Mas la perfección tampoco se alcanzó el sábado pasado, Moncayo permaneció oculto, no creo que por timidez, indiferente tras la nubarrada que lo coronaba.




Sereno, sentado “el viajero” en la abrigada atalaya,... recordó completos los versos dolidos del poeta: 

  

Siempre fugitiva y siempre
cerca de mí, en negro manto
mal cubierto el desdeñoso
gesto de tu rostro pálido.
No sé a dónde vas, ni dónde
tu virgen belleza tálamo
busca en la noche. No sé
qué sueños cierran tus parpados,
ni de quien haya entreabierto
tu lecho inhospitalario.
 Detén el paso belleza
esquiva, detén el paso.
Besar quisiera la amarga,
amarga flor de tus labios.


Y pensó, que quizás por la propia dificultad para alcanzar la belleza,  en cualquiera de sus manifestaciones, resulta su búsqueda tan atractiva y adictiva.  


Pequeños narcisos trompeteros que nacen entre las piedras calizas de las laderas... 


Notas aclaratorias:

(1)  “Poema XVI”: recogida en el libro publicado con el título Soledades (1899- 1907) por el poeta Antonio Machado

(2)   "Huele a miel entre Peña Redonda y el Balneario de Gravalos" Entrada del blog Un Pastor de Paisajes realizada el sabado, 1 de marzo de 2014











sábado, 28 de febrero de 2015

¿Carnaval helado o marea blanca… en el Cordal de Cebollera?



Sensaciones que “la Chavalería” no conoceráa través de la Tablet, el Smartphone,



A sabiendas de que calificarán de imprudente la propuesta que va a hacer hoy en la columna, “el viajero” no puede dejar pasar la oportunidad de invitar a “la chavalería” a disfrutar de la Alta montaña Ibérica, pues las copiosas nevadas que han cubierto nuestras sierras estos primeros días de febrero han dejado panoramas increíbles: atractivos paisajes que animan a gozar en ellos , bien con la práctica deportiva como con el paseo exigente, y de ellos con la contemplación sensual de las más bellas estampas invernales, así como de admirar las voluptuosas esculturas de nieve marmoleña, cinceladas por “cierzos” y “sorianos”, expuestas en las ilimitadas “galerías del arte de la montaña”, iluminadas de maneras tan especiales y ubicadas por encima de los 1.800 m. de altitud… No os dejéis convencer por las voces que en nombre de la prudencia y la sensatez destilan comodonería y, sin olvidarse de dichas actitudes, aventuraos a descubrir un mundo nuevo de sensaciones, imposibles de conocer por “la chavalería” a través de la Tablet, el Smartphone, la PlayStation o el ordenador,… un mundo que requiere esfuerzo físico  para sobreponerse al cansancio, abnegado sacrificio frente al frío y disciplina mental que, “a priori” aconsejará documentarse sobre el recorrido que vamos a acometer, “in situ" hará posible mantener el aplomo cuando aparezcan lo imprevistos inevitables, y “a posteriori” motivará el plasmar de alguna manera las experiencias acontecidas…






Entre la Mesa de Cebollera (2163 m.) y el Buey (2029 m.) discurre un cómodo cordal por encima de los mil novecientos metros de altitud, enlaza seis picos que superan todos ellos los dos mil metros, un espacio por el que menudean pastores, cazadores y montañeros, que encuentran en este transitado corredor entre La Rioja y Soria alicientes y estímulos apropiados a sus intereses o búsquedas. Uno de esos transeúntes habituales de esta cuerda montañosa es “el viajero” y ha accedido a la misma desde lugares muy diversos: a la Mesa de Cebollera, desde la Ermita de Lomos de Orio; Cebollera (2141 m.), desde el Puerto de Piqueras; Santocenario (2058 m.) o Telégrafo (2081 m.), desde La Blanca; Castillo de Vinuesa (2083 m.), desde Hoyos de Iregua y sobre todo desde el Puerto de Santa Inés, tras superar primero el Buey. Esta última opción es la más recomendable para acceder al Cordal de Cebollera en días como los presentes con mucha nieve acumulada, pues superar el fuerte desnivel inicial resulta relativamente asequible y en media hora coronas el pico del Buey, recuerda que entonces  estás ya  2.029 metros de altura y muchas  opciones por delante…





Así lo hizo “el viajero” y sus acompañantes la mañana del sábado pasado, con -2oC en el Punto de Nieve de Santa Inés, sin dejar de neviscar, con ventisca moderada y bastante animación de esquiadores en el único remonte existente o en la pista de iniciación. Ascendieron por el orillo los 850 metros que tiene la pista de  esquí, cuyo mantenimiento para la práctica de dicha actividad facilita ese tramo del recorrido. Superado el remonte, la huella que habían dejado en la nieve los practicantes del esquí de travesía y los caminantes con raquetas, el había apostado por los crampones, creía que el hielo iba a ser dominante y se equivocó, por ello les tocó bregar más y avanzar una quinta parte, hecho que no les impidió disfrutar de unos paisajes que, como se anunciaba al comienzo de la columna, estaban espectaculares, que animaban con cada paso a ir más allá, a internarse en este mundo entre fantasmal y fantástico, entre amenazador y cautivador,... gélido y ardiente a la vez…









No es recomendable aventurarse solo en estos grandes acontecimientos naturales, salvo si portas a la espalda un amplio bagaje de experiencias… y diría que ni aun así. Cuando ya vio “el viajero” y su inmejorable compañía el poste geodésico de este primer pico del cordal, se encontraban inmersos en un paraje aparentemente inhóspito, dominado por nieblas volubles y una cellisca que azotaba sin miramientos la nariz y la pequeña porción de rostro que quedaba al descubierto, pero también estaban ante un paisaje misterioso, parecía irreal, que incitaba a seguir hacia el pico siguiente,… a  averiguar quiénes eran  los personajes que allí comenzaban a tomar forma.







Llegados a este punto, con -6oC y una sensación térmica de -12oC debida al cierzo que sopla, habrá ya voces concienzudas que tacharan la propuesta de temeraria: animar a jóvenes y familias a plantearse estos retos, encasillados dentro de lo que llaman “actividades de riesgo”, y además hacer hincapié en la idoneidad de las mismas para “la chavalería” no obtendrá otro calificativo. Basarán sus argumentos en la necesidad de conocer la técnica y disponer de un equipamiento apropiado para afrontar el desafío… Seguro que les quieren vender sofisticados equipos y restringir esta fantástica práctica deportiva o el disfrute sensorial de estos espacios a unos pocos privilegiados… No habla “el viajero” de subir al Aneto (3404 m.) o al más cercano Pico Urbión (2228 m.) que estos días exigen, efectivamente técnica y equipamiento. En la actualidad le resultará fácil  al personal equiparse adecuadamente entre la abundante oferta existente en el mercado, es cuestión de espabilarse, buscar el articulo con la mejor relación calidad-precio-necesidad y poder gozar así del Cordal de Cebollera sin hacer un gran desembolso.






También dirán de la propuesta que es irresponsable y puede generar un gasto inasumible para el “erario público”… ¿A qué gasto se referirán…? ¿Al que se necesita para mantener abiertas y en óptimas condiciones las estaciones de esquí y sus accesos,… al necesario despliegue de agentes de tráfico, con sus equipos de control y asistencia, que garantice la seguridad de los desplazamientos,… o a los gastos que le suponen a la “sanidad pública” la infinidad de lesiones ocasionadas cada temporada por la práctica del esquí…? No. Supone “el viajero” que no, se referirán al gasto que ocasiona el rescate de “montañeros irresponsables” con equipos y personal especializado… Está claro, solo los que puedan pagarse el rescate podrán practicar estos mal llamados “deportes de riesgo”, los demás… ya se sabe “ajo y  agua”.







El pico del Buey se ha perdido en la niebla y la cellisca, se encuentran inmersos en un evento difícil de nominar y rodeados por sus protagonistas, los atormentados (con todas las connotaciones de la palabra) pinos negros disfrazados, vestidos con su piel nival, espectros dolidos que dirigen sus intencionadas miradas allí donde puedan escucharse mejor sus airadas proclamas, hacia donde soplan los vientos dominantes y que , o bien habían regresado de formar parte de la muy concurrida comparsa “Marea Blanca”, que el sábado pasado recorrió las calles de Logroño  en el desfile de carnaval, merecedora del premio a la mejor representación de los sentimientos populares, muy trabajada y sin apenas eco en los más relevantes medios de comunicación, o se disponían a partir y participar también con la “Marea Blanca” en la  manifestación que por la tarde, también en Logroño, junto a las demás “Mareas Ciudadanas” reclamarían, entre otras muchas reivindicaciones, una Sanidad Pública de calidad y para todos.







Tiranosaurios escarchados, viejas hadas del bosque con armiños dormidos a sus espaldas, duendes obtusos y desconfiados mimetizados con hielo y nieve, dragones plateados de la suerte junto a otros de múltiples cabezas iracundas que expelían fumarolas de nieve airada, trasgos y jorobados del norte, princesas congeladas y enanos de nieve que las guardan,… una inmensa comparsa de personajes airados y gesto amenazante… Un Carnaval de hielo y nieve, transgresor, irónico e irreverente hasta en las fechas (como el Carnaval tradicional de Enciso el más auténtico de La Rioja), ya en plena cuaresma… Una Marea blanca montaraz y fantástica que excitará los pensamientos de “la chavalería” y les permitirá recrear e inventar historias y personajes para su virtual mitología juvenil.








La montaña y el poco acierto que tuvo “el viajero” al optar por los crampones en lugar de las raquetas les pusieron en su sitio, regresaron cansados, con frío y pletóricos con la sensación de haber contemplado una exposición de luz y esculturas, en la ilimitada galería entre el Buey y el Castillo de Vinuesa, que nada tenía que envidiar a las que este fin de semana se podían ver en la Feria ARCOmadrid 2015… Y gratis. No hay nada más democrático que los paisajes… Por el momento.







El Cordal de Cebollera es un recorrido entre El Buey (2029 m.) y La Mesa de Cebollera (2163 m.), señalizado con el sombrado verde en el mapa:





El recorrido que pudo hacer "el viajero" el sabado pasado lo encontraras en el siguiente mapa:








sábado, 7 de febrero de 2015

En el tamarizal nevado canta el ruiseñor



Un laberíntico refugio natural de ramas retorcidas y riachuelos


Existen paisajes que dan la sensación de resultar invisibles a los ojos de quienes transitan por ellos o de los pobladores que, con sus intervenciones arquitectónicas y urbanísticas o los aprovechamientos agrícolas y ganaderos, los modelan. Nadie habla de ellos, ni para bien ni para mal, con pasión (…salvo a los cazadores probablemente), tampoco aparecen en folletos turísticos promocionales de la comarca o en reseñas sobre espacios naturales de la misma. El maltrato frecuente que padecen (vertidos incontrolados, tala indiscriminada de árboles, indiferencia manifiesta ante las necesidades de su moradores naturales,…) a nadie llama la atención, no aparecen en los informativos radiofónicos o televisivos, ni tampoco en prensa escrita… Son por contra, a ojos de quien se paran a mirar sin pasar de largo, discretos remansos de naturaleza donde es posible observar novedosas adaptaciones vitales a las exigencias que impone el territorio que conforma ese paisaje invisible,… y llegan en días como los presentes, que recibimos la visita nada extraña en estas fechas de una Ola de frío Polar o Siberiano, a dejarte pasmado,… quedas boquiabierto al admirar su belleza escondida, que hoy se significa todavía más con la nieve. El “Tamarizal de Ausejo”, el paisaje con minúsculas que quiere poner en valor “el viajero” en esta columna, es uno de esos paisajes invisibles…


Ocupan los tamarices una suerte de espacio triangular cercano a las trescientas hectáreas, entre los municipios de Alcanadre y Ausejo, por cuya base hacia el sur recibe de Sierra la Hez, hoy luce gallardo el Cabimonteros (1.388m.) su mayor cumbre, las aguas que labran en estas tierras arcillosas y salobres un haz de temblorosas barranqueras poco profundas, como las de “Escarrillo”, “Valdraces”, “Endirilla” o “Henar” que confluirán en el término de “La Laguna” y darán lugar a partir del puente que hay en el Km. 5 de la carretera LR-260 al “Barranco del Río Madre” que atraviesa Alcanadre y sus huerta en busca del Ebro. Un paisaje que hoy “el viajero”, por las especiales condiciones climáticas y la falta de un camino bien definido que lo recorra, os invita a conocer caminando alrededor de cinco kilómetros, desde el mencionado puente, por la carretera LR-348 en dirección a Ausejo. Si os adentráis por los frecuentes caminos existentes para dar servicio a las tierras  cultivadas,  encontraréis acceso a los pequeños bosquetes de tamarisco (Tamarix gallica) que siguen el discurrir de los cursos de agua…


Transcurrido un periodo breve de tiempo, apenas hemos recorrido medio kilómetro, junto a los restos de una construcción en el orillo izquierdo de la carretera, una loma asequible con un pequeño esfuerzo, que nombran como “Altillo de los carros” os permitirá disfrutar de un mirador privilegiado de este interesante paisaje humanizado: fincas agrícolas festoneadas por los tamarizales, venas hídricas de este territorio, salobrales cubiertos de carrizos donde sobrevuelan algunos milanos reales y posiblemente un aguilucho lagunero, majadales propios de estas tierras, pastos de  tomillares y esparteras que daban particularidad a las carnes de  corderos y cabritos… Se detiene  finalmente la mirada en la atalaya que domina este espacio, la población de Ausejo, un conjunto urbano que resulta atractivo por su ubicación, con mucha historia pero difícil de descubrirla en sus calles. Destaca la Iglesia Parroquial de Santa María en su altivo perfil y apenas nada queda de su disputado castillo.


Proseguid por la carretera hasta llegar a mano izquierda a alguna de las sendas que permiten acercarse a los tamarizales: recread la mirada en el paciente ejercicio de equilibrio que los copos de  nieve o las minúsculas gotas heladas llevan a cabo sobre las melindrosas y flexibles ramillas del tamariz, esconden así su famélica desnudez invernal que se tornara sonrosada y dulzona con la floración primaveral, así se muestran, también ahora, atractivos y sugerentes.



 Internaros en los pequeños bosquetes de enmarañada galería que forman estos árboles austeros, que son capaces soportar condiciones muy desfavorables de humedad incluso en tierras salinas,… andad con cuidado, es fácil meter la pata o resbalar… Pero no dejéis de hacerlo, no hay peligro… Emboscaros, pasad desapercibidos en este laberíntico refugio natural de ramas retorcidas y riachuelos,… y observad pacientes,… la vida animal se desplegará cautelosa a vuestro alrededor: es posible que podáis descubrir a la escurridiza agachadiza, o al estirado archibebe que bajan ahora del norte de Europa con las olas de frío habituales en esta época del año… El miércoles, pudo “el viajero” incluso asustarse con el vuelo inesperado de un pequeño grupo de avefrías, de visita como las anteriores, gozar de la visión de petirrojos, mosquiteros, chochines o lavanderas,… o deleitarse con el canto melancólico del ruiseñor, no podía creer que ya estuviese  aquí,… fue breve, nítido y precipitado,… pero ya estaba en este abrigado rincón invernal…



De vuelta a la carretera, estad atentos a la presencia de una caseta de labranza situada a la derecha, habéis caminado unos dos kilómetros y medio, pues bien, a unos noventa metros de la chabola, en una acequia de regadío, el Tamariz de Matacanal, acariciad su áspera y agrietada corteza con edad cercana a los cien años, agradecido seguro que tiene jugosa historias que contaros… También se dice que el “mana” que alimentaba a los hebreos en el Desierto del Sinaí, era una sustancia azucarada obtenida de una variedad de tamariz como consecuencia de la picadura de una cochinilla,… todavía es recolectado en Oriente Medio y vendido en los mercados… Es este un árbol bíblico, Abraham plantó un tamarisco para acoger dar sombra y frescura a los fatigados caminantes que atravesaban el desierto (Génesis 21, 25)… En seguida, llegareis a otro puente en la carretera ahora para salvar el “Barranco de la Madre de Escarrillo”, en su entorno un conjunto de construcciones agrícolas o ganaderas, arruinadas unas junto a otras todavía en producción, forman el “Caserío de Almandegui” testigos fieles de la intervención humana en este paisaje, nada importa como afecten al mismo las formas constructivas utilizadas o el abandono de maquinarias  o materiales inútiles,… el impacto visual que ocasionan es abrumador. A nadie le importa que este paisaje sea feo,… es un paisaje invisible.



Para sosegar su irritación, antes de cruzar el puente, remonta “el viajero” campo a través el citado barranco por el borde superior de la pequeña cárcava,… descubre allí una preciosa imagen que intenta plasmar en una bella fotografía, logra así apaciguar el ánimo perdido,… y os invita  a descubrir en el tramo de carretera que resta nuevos rincones que os harán reflexionar sobre la invisibilidad del Tamarizal de Ausejo.
























No te muestra hoy "el viajero" un camino concreto, piérdete en este paisaje con este mapa y las sugerencias del texto...


El Tamarizal de Ausejo es un paisaje invisible que merece la pena... mirar.







sábado, 24 de enero de 2015

El lobo es el alma de este paisaje


Remontar el Arroyo del Ortigal para alcanzar el  Necutia (2.026 m.)



La nieve coronaba las cumbres de la Demanda la primera vez que remonto el Arroyo del Ortigal para alcanzar la cumbre del Necutia (2.026 m.), como ahora. Se encontró inmerso en un territorio que sin llegar a ser hostil le hizo sentir que allí no controlaba todos los triunfos de la partida, lo cual dotaba al paraje de ese punto de emoción e intriga que sumado a la agreste belleza que todavía guarda el enclave, le ha hecho volver a él cada vez que deseaba mostrar a alguien, que le merecía confianza, un rincón privilegiado de esta sierra. Un lugar donde, esa primera vez, tuvo los  indicios más claros y evidentes de la presencia del lobo ibérico, hecho que hacía este paisaje todavía más especial: un buen número de huellas gravadas con nitidez en la superficie nevada, excrementos con   pelo de jabalí con intención de marcar territorio y restos de sangre que la nieve magnificaba, alguna pezuña y un cuerno de corzo que todavía conserva…



Después de la retahíla de presentación, de dejar el coche a 2,5 km. de Posadas, en el Puente de Canillas, junto a la primera curva pronunciada y cuesta arriba de la carretera que llega 5,5 km. más arriba al refugio del Llano de la Casa, se adentra “el viajero” por el camino que parte emparejado al arroyo y conserva integro su encanto a pesar de presentarse ya bastante amaestrado: varios puentes de madera a lo largo del recorrido evitan el devaneo de cabeza que suponía antaño, con aguas crecidas, vadear el río y acabar, en mayor o menor medida, casi siempre mojado. Hecho que tenía su aliciente durante el verano, hacía que en días como hoy pensase si debería continuar…
No es un recorrido al uso, no solo encontrareis en él una sucesión de hitos que mantienen expectante la motivación, en el momento que decidáis acometer el remonte que os propone “el caminante” os veréis envueltos en la magia intrigante de este espacio natural y los detalles que inervan los sentidos se suceden como perlas de collar, ligadas por una relación simbiótica, un conjunto armónico donde cada uno de los elementos que conforman el ecosistema del Valle del Ortigal ocupa su lugar y nadie sobra…



 La ligera nevada del día anterior, cómoda para el paseo, reviste el paisaje acorde con la estación. Las aguas frígidas, impávidas y chismosas del Arroyo del Ortigal comentan en voz alta los acontecimientos acaecidos durante la noche, en estas aparentes soledades, la actividad nocturna no cesa ni llegados estos días de letargo: los escarceos amorosos de una pareja de zorros, sus huellas se siguen con facilidad en la nieve a la vez que buscan la pitanza para satisfacer sus reivindicativos estómagos, se solapan con el ramoneo del corzo que todavía es capaz de encontrar algunos tallos y cortezas tiernas en la espesura del bosque invernal, a la vez que es posible escuchar ahora en este tramo del valle el canto encelado del búho real o el “charcoteo” discreto, casi imperceptible, en los remansos del cazador noctambulo de larvas acuáticas, el misterioso desmán pirenaico… 


Transcurridos unos 800 m. un pequeño poste de madera, con dos marcas blancas, a la derecha del camino indica el inicio de la vereda que atrocha cuesta arriba por la solana. La olvidada senda de mineros fue labrada a conciencia, se precisaba un firme seguro para bajar con las recuas de mulas la galena argentífera de las minas de Guirindolla. 


El trazado zigzagueante  supera la fuerte pendiente de las laderas y robustas paredes de piedra en los puntos conflictivos evitaba que los taludes se desbarrigasen. Fue intensa la actividad minera en estas sierras y elevado el tributo que pagaron los bosques, la tala de árboles para alimentar las ferrerías fue incesante. Ha subido por la senda unos 200 m. y una nueva vereda desciende ligeramente, las dos marcas blancas gravadas en la corteza de un roble de menguado grosor las descubriría iniciada la misma, lleva “al caminante” hasta el Haya de los Pastores, lugar de refugio y reunión de los mismos, espacio para dirimir cuitas y resolver conflictos, quizás esto la salvó del corte masivo de árboles, rondará los 450 años,… cuantas veces tomarían aquí la decisión de dar caza al animal perverso por excelencia, al temido, odiado, … y utilizado como excusa, lobo ibérico… 


Le contaba el Abuelo Eliseo que allá por los años cuarenta del siglo pasado, él era un muchacho de corta edad que subía al monte para sacarse un mermado jornal en la replantación de pinos o cuidar las vacas, que no se veía ni escuchaba ya a la perseguida alimaña. Es posible que entonces tuviese una justificación ese miedo ancestral, los daños que podía generar en un rebaño el ataque de los lobos ocasionaba al pastor y su familia desdicha y hambre,… y nadie reparaba las pérdidas que sufría, se entiende pues la proliferación de leyendas y romances en el ámbito rural, que arraigaron en el subconsciente de sus habitantes, sin corresponderse con la frecuencia real de los ataques como se ha pretendido hacer creer, y se manifestaron en el sentimiento popular… El declive de la ganadería no se puede cargar sobre las espaldas de este soberbio mamífero, el lobo, emblema de la fauna salvaje ibérica, sino a la puesta en marcha de políticas nefastas… Y sin embargo a los gestores de las mismas nadie les pide responsabilidades o peor, para morderse los nudillos, son festejados o invitados a cacerías…


Suspende de momento sus reflexiones loberas y torna “el viajero” sobre sus pasos, no continua como le hubiera gustado por la atractiva senda de los mineros y recupera el camino inicial por el que sigue el remonte del Arroyo del Ortigal.  El paisaje pincelado con nieve siempre sorprende, toman protagonismo elementos que antes pasaban desapercibidos: les ocurre así a los pequeños prados tapiados a la orilla del río, el relieve que adquieren las bajas paredes de piedra los ponen ahora de manifiesto, el arbolado, difícil de diferenciar ante la ausencia de hojas, aparecen hoy sus enramadas perfiladas en blanco y logran así captar la atención de la mirada que se fijan en las diferentes texturas de las cortezas de los fresnos, cerezos silvestres, sauces, mostajos o hayas, componentes de este fascinante bosque mixto caducifolio. Ahora destacan en él los acebos y tejos salpicados en las laderas por ser los únicos en conservar el verdor de sus hojas coriáceas y pinchudas unas y aciculares engrosadas las otras… Mientras las aguas brincan entre las peñas para no quedarse frías, se remansan en pozas hieráticas azul hielo, para precipitarse de nuevo en pequeños saltos sin estridencias, y absorta, como “el caminante”, las contempla el haya que doblega embelesada su tronco con barbas “enmusgadas”


En el recorrido se suceden las “recas” como llaman los lugareños a los vallejos por los que descienden atropellados riachuelos en busca del valle principal, queda hipnotizado el viajero ante el juego huidizo que se traen entre manos el hielo, envalentonado con la altura, y las aguas esquivas a sus caricias persuasivas y paralizantes, …. El frío es cada vez más intenso y la nieve comienza a estar helada. Sube garboso entre hayedos y pinares y trae a la memoria lo referido por el Abuelo Feliciano respecto a unas cerradas circulares entorno a ciertas hayas, ahora bajo el manto níveo, y que el viajero comparó, la primera vez que las vio por no encontrarles explicación, con las pequeñas construcciones circulares entorno a los castaños para la recolección de sus frutos en los montes asturianos de Vega de Hórreo; los paisanos subían aquí los cerdos para el engorde en la época de maduración de los “alfrices”, frutos del haya,… el Abuelo Feliciano si había visto lobos abatidos por estos parajes y evocaba como “… se le encogía el corazón con la visión de la alimaña muerta”… 


Hoy es el caminante el que lleva el corazón encogido, siente miedo de que estos bellos paisajes tan vitales que contempla desde los Chorretes del Necutia, estos bravos rincones de la Sierra de la Demanda pudieran quedarse sin alma, como así ocurriría sin la presencia del lobo. Y confía, aunque hoy no haya visto su rastro, que como el alma, el lobo también se ha tornado invisible, y está seguro que nos observa desde su discreta atalaya y controla como nadie el equilibrio de este ecosistema… Y nadie tiene argumentos para aniquilar el alma de un paisaje…. ¡¡¡No los tienen…!!!  El lobo no es el causante de los males  que sufren los ganaderos,… las administraciones tienen recursos más que de sobra (miren como los despilfarran) para satisfacer de inmediato y con creces los pocos males que este pudiera ocasionar,… y los cazadores… ¡¡¡Por Dios,… pidan perdón por cazar al lobo!!! Él es su principal aliado para mantener la salud y el nivel óptimo en las poblaciones de ciervo, corzo y jabalí…


Suspende sus cavilaciones “el viajero” pues debe ponerse en marcha si quiere llegar a las Majadas del Necutia pues la capa de nieve llega a la rodilla y el día es muy corto.


Piérdete en este paisaje con alma... No te arrepentirás.










domingo, 28 de diciembre de 2014

Tras la huella de constructores megalíticos y eremitas




En la Sonsierra la historia sale a tu encuentro, tomes la carretera o camino que decidas, vas a dar con intervenciones humanas en el paisaje que te permitirán trasladarte, con cierta imaginación y un punto de interés informativo, a muy diferentes periodos de la historia de este territorio de frontera y confrontación. Son tan variadas, abundantes y atractivas las manifestaciones arquitectónicas y etnográficas diseminadas entre las tierras que descienden desde la Sierra de Cantabria y el Toloño hasta el Río Ebro,  unidas a fabulas y leyendas, que “el viajero” presenta este rincón entre Peciña y Ribas de Tereso como idóneo para conocer estos días de Navidad con “la chavalería”, que goza de  vacaciones, pues pocos lugares pueden alimentar mejor su necesidad de fantasías y aventura: se mostrarán afanados en la supervivencia con los cazadores, pastores y recolectores del Neolítico, entrarán en las cuevas con los anacoretas de la época Hispano Visigoda o colocarán sillares labrados de arenisca para levantar el templo de Santa María de la Piscina,… que pudo tomar como modelo la Piscina Probática  del Templo de Salomón, conocida por el Infante Don Ramiro, yerno del Cid Campeador, en la toma de la ciudad de Jerusalén durante la Primera Cruzada, donde encontró un fragmento de la Veracruz, y quién dejó notificado en testamento su deseo de construirla, obra que acometió su heredero  el Rey García Ramírez, allá por el año 1136…



Partirá hoy “el caminante” de Santa María de la Piscina y dirigirá sus pasos hacia el cercano y señalizado Dolmen de la Cascaja, enterramiento de los denominados de corredor, donde la excavación saco a la luz los restos de al menos  31 hombres, además de materiales cerámicos, una punta de flecha de bronce y otros útiles, que remonta la presencia humana en este lugar a unos 3000 años antes de Cristo… Un nuevo poste de señalización le dirige hacia el Conjunto de los Lagares de Zabala, donde puede intuir como se elaboraban los vinos claretes y blancos en la que puede considerarse una de las primeras bodegas de La Rioja, excavada entre los siglos del X al XII posiblemente… Imagina ya a “la chavalería” que corretea por las calles de Peciña, sube la escalinata de la Iglesia de San Martín y sale de la población por el antiguo camino de Ribas de Tereso.
Comienza entonces el recorrido por el paisaje con minúsculas, un balcón con vistas a los camaleónicos Sistema Ibérico y Valle del Ebro, con la encastillada Sierra de Cantabria a la espalda y la mole del Toloño, en cuyas cumbres abades, bandoleros y generales dejaron huella, como fondo de escenario por el oeste. En el primer cruce destacado de caminos, antes de tomar el que desciende, sube “el caminante” a la loma de la derecha para disfrutar de una magnífica panorámica y localizar desde allí los términos de “Peña Lacha”, “San Bartolomé” o “Gobate” donde “la chavalería” podrá aventurarse en los entresijos de la historia que estos paisajes todavía esconden…



Cuando llega por el borde del sembrado a la caída del montículo donde se localiza el peñasco, de unos tres metros de altura por más de tres también de anchura y medio  de grosor, que se yergue con intención de destacar mas sin protagonismo en la actualidad pues las dos encinas que lo acompañan casi lo ocultan hasta encontrarse próximo a él, entiende porqué llaman “Peña lacha” los lugareños a esta arenisca enhiesta, dada su probable forma antes de sufrir la erosión de los elementos meteorológicos, un tercio de ella enterrada y anclada en equilibrio con rocas menores por los pobladores de este territorio,… alguno de los cuales pudo perder la vida en la extracción, el transporte o para erigir este probable menhir y descansar sus restos en el cercano Dolmen de la Cascaja,… No es difícil de imaginar.



Vuelve “el viajero” al camino antiguo y su pensamiento lo ocupa “la chavalería” y las ideas que sus creativas imaginaciones habrán recreado de estos constructores megalíticos, para  cortar, mover y levantar estas grandes piedras… De nuevo aparece un poste de madera con flechas de señalización, una indica hacia la derecha Ermita de San Bartolomé, la otra, Eremitorios de Gobate a la izquierda, hacia allí se dirige por la orilla de una cebada naciente, dado que brilla por su ausencia una pequeña senda que parecería lógica tras el poste de información, hasta alcanzar un promontorio que se estira hacia el sur entre dos vaguadas. Camina entre encinas y enebros en busca de una cueva, “goba” en euskera, que sitúan sus informaciones al suroeste del mismo… Y se deleita imaginando a la “chavalería” intrigada en su búsqueda,… encontrando el muro de piedras semiderruido como primera pista y percatarse después del abrigo en la peña  en medio de aquel espacio asilvestrado… No es difícil de imaginar a los eremitas de los siglos IX y X ocultos a los ojos de las razias sarracenas, entregados a la oración y a sobrevivir… en aquellos tiempos vandálicos. Cuando entra a la cueva se fija en varias tumbas socavadas en el suelo y paredes de la misma que ayudan a situar cronológicamente este espacio en la historia. En sus proximidades varios lagares labrados en la roca, uno de ellos encima de la propia cueva, dan una idea de la funcionalidad tan diversa que desempeñaban estos habitáculos. Busca a continuación una segunda oquedad en la caída sureste del promontorio, una angosta entrada que permite el acceso a su interior, un espacio de tres metros de diámetro por metro y medio de altura, y observa, como en la anterior, varias tumbas excavadas e incluso una cruz grabada en la pared… No me digáis que “la chavalería” no estará alucinando,… piensa “el viajero”.





Torna de nuevo al poste de madera con la flecha de señalización y se encamina hacia la Ermita de San Bartolomé, antigua parroquia de la aldea de Orzales, y como ya le parece habitual que los caminos desaparezcan no le extraña que ocurra aquí también, mas la monumentalidad de las ruinas de la cabecera gótica, de finales del siglo XV principios del XVI,  indican con claridad la dirección a seguir. Se acerca hasta ella con el presentimiento de que no le gustará lo que va a encontrar… y así es, si bien han vallado  el entorno y lo han intervenido despejándolo de matorrales, la arquitectura amenaza ruina y se recomienda no acceder al interior de esta construcción, lo que queda de una población destruida primero por el General Verdier durante las Guerras Napoleónicas, en 1808, y posteriormente, lo poco que aguantase, por el militar liberal Martín Zurbano en las Guerras Carlistas, en 1836… Se sienta “el viajero”, junto a estos muros orgullosos de la ermita que se resisten a no existir, a doblegarse al olvido,  y mira ensimismado los escarceos de las nieblas por el Toloño… y decide volver sobre sus pasos sin bajar a Ribas de Tereso, pues un escalofrío recorre su cuerpo cuando piensa lo que habrá sentido “la chavalería” al conocer tantas historias como cuentan estos paisajes… No es difícil de imaginar… Y no conviene saturarlos.


"Los Paisajes del Vino de Rioja" no pueden olvidar estas historias.




Seguid con "la chavalería" el mapa de la ruta.





¡¡¡ Feliz Navidad...!!!