martes, 28 de octubre de 2014

Los almendros al sol

Una estampa otoñal que se difumina
  


Los paisajes, como trato de argumentar en estas reflexiones de la columna periódica de Rioja2.com o en el blog “Un Pastor de Paisajes” que la refuerza, son organismos vivos y complejos que llevan escritos la historia del territorio en su  piel, si gozan de la suerte de ser respetados. La percibimos cuando los miramos, los recorremos o nos recreamos en ellos con el pensamiento, su leyenda actual y las precedentes se muestran entonces nítidas a quién las quiere ver. Concebidos como tal, los paisajes siempre estarán inacabados, ahí reside parte de su grandeza… y su debilidad, necesitan de nuestra responsabilidad para no perder ninguno de los capítulos en ellos relatados y que  los hacen posibles como han  llegado hasta nuestros días. Y como esta no se prodiga, la responsabilidad, con demasiada frecuencia nos movemos y  desarrollamos nuestras vidas, entre paisajes sin discurso, que tienen cabida, se parecen y se padecen en cualquier rincón del planeta, pues nada en ellos los liga a un territorio singular. Observad sino donde vivimos la mayor parte de la población, en los espacios sin historia de nuestras impersonales y desarrollistas ciudades. Tenemos suerte si al menos han pensado en el urbanismo y no en la especulación. No ocurre así en el medio rural, al menos hasta hace unos años, allí todavía resulta fácil encontrar retazos de su idiosincrasia, estampas propias que ahora nos sorprenden y nos permiten restablecer los peldaños que han posibilitado la ascensión a la realidad actual.



Sirva esta elucubración que se ha permitido “el viajero” para justificar que hoy quiera enseñaros estas postales, entre el siglo pasado y el presente, que ha encontrado este mes de octubre en los campos, calles y patios de algunos pueblos de los valles del Cidacos, Alhama o Linares por donde ha transitado. Si bien este mes, y más en nuestra tierra, la vendimia copa las conversaciones de la población y destaca tanto en los medios de comunicación (cuando la última hora,… que cuando acaban de darla ya es penúltima, no nos regala un nuevo caso de corrupción política y empresarial o malversación del erario público…), que no deja ver otros paisajes que los enológicos. Mas no os dejéis embelesar por el sugestivo cromatismo y las sensuales caricias con las que nos agasajan los “paisajes del vino” y descubrid también otras e interesantes estampas que ofrecen nuestras tierras riojanas.



Los protagonistas de una de ellas se levantan con el sol, que no madruga ya, cargan en sus jamelgos de cuatro ruedas con remolque, lo cambiaron por los burros o machos con sus “albardas”, “ganchos”, “serones” y “talegas” (1), las pértigas de álamo o avellano para varear los almendros así como las mantas de red de nailon para colocar bajo los mismos. Parten hacia las almendreras dispuestos a desfogarse de la tensión acumulada de tanto mirar al cielo, desde finales de enero con las floraciones tempranas, y sacuden al árbol repensados varazos que los estoicos almendros asumen con elegancia.



La jornada no transcurre  tan rápida como la pericia de los movimientos, rutinas adquiridas tras muchos años de vareos, no dan un golpe de más, tampoco de menos ni sin la fuerza precisa, en la rama apropiada, la que provocara la granizada más copiosa posible de almendros. Dos varean y cuatro mueven el mismo número de mantas a lo largo de dos filas de árboles que llevan parejos. El peso y la dificultad para trasladar las mantas indica el momento para apartar de las mismas los “gamochos” (2) (pequeñas ramas rotas como consecuencia de los leñazos sacudidos…) y retirar los almendrucos con los “cunachos” y descargarlos en el remolque. Recuerda “el viajero” en su juventud el peso para mover las mantas de saco o lona con almendrucos,… y no te cuento si se mojaban. Cambian los vareadores y se retoma la actividad, entre chistes y chascarrillos, que solo se verá interrumpida para  “…tomar un bocao”, un trago de agua o un “chaparrazo” (3) de la bota.


Al declinar la tarde se suspende la labor y regresan… a uno de los pueblos de la comarca señalada, en este caso Villarroya, y en breve espacio de tiempo el “raca, raca,…” de las descocadoras (4) se adueña de los rincones espaciosos. Descargan un primer montón de almendrucos, hojas y “cocones” (5), la máquina los engullirá al ritmo que permita el punto de secado del almendruco y  los tornará ya húmedos y limpios en su mayoría a un segundo montón, que aumentará con la merma del primero, necesitados todavía de un repaso manual.



Son pocos los almendrucos que quedan con el “cocón” adherido y solo las manos podrán liberarlos de su abrazo. Para ello mesas largas están ya dispuestas para recibir cunachos del segundo montón, los salidos de la maquina descocadora, y que manos de varias generaciones dejarán solo con su peculiar tono dorado, tostado, a los almendrucos. Estos engrosarán el tercer  montón a costa de los otros dos.







Solo resta ya tenderlos en lugares abrigos y soleados de los amables patios de las viviendas, clasificada la parva por variedades: largueta (los más abundantes en esta región), marcona, (la más cotizada), redondilla, común, desmayo rojo,… Si cada árbol, según la variedad, verá determinado su periodo de floración o los matices de su flor entre el blanco níveo y el pálido rosa, las almendras ofrecerán texturas, sabores, olores y aceites específicos según su particular variedad… Un mundo rico de sensaciones que en estos valles de la Reserva de la Biosfera todavía no han sido capaces de potenciar, especializar y diversificar su producción,  optimizar la recolección,… y organizarse e inventarse su comercialización evitando los intermediarios,  que les lleve incluso a crear su propia Denominación de Origen, Almendras de la Biosfera…




Notas aclaratorias:
(1)  Albardas, ganchos, serones, talegas: útiles usados para disponer las caballerías para el acarreo, en este caso de los almendrucos. 
      Sus descripciones las encontraras en diccionario de la RAE.                                                    
(2)  Gamochos: localismo de esta comarca riojana. Pequeñas ramas rotas en el vareado de los almendros.
(3)    Chaparrazos: localismo de esta comarca riojana. Trago generoso de vino con la bota o el porrón. 
(4)    Descocadora: máquina para separar los almendrucos de las hojas y  los cocones..
(5)    Cocones: cubierta vegetal dentro de la cual se desarrollan los almendrucos hasta que están bien formados y comienzan a secarse.





miércoles, 22 de octubre de 2014

Semana de las Ciencias Naturales - A.A.Arnedo


Amigos os invito a compartir con los Amigos de Arnedo esta semana de la Ciencias Naturales...
Y os invito igualmente a la conferencia " Valle del Cidacos: un museo apícola al aire libre" que intentare hacer amena y curiosa... Acercaros mañana viernes, 24 de octubre, a las 8 de la tarde a la Casa de Cultura de Arnedo...
Nos vemos...


sábado, 27 de septiembre de 2014

Los azudes del Iregua entre Varea y Alberite





El paraje que hoy recorrerá “el viajero” tiene poco que ver con el territorio abarrancado del Moncalvillo al que hacía referencia la columna anterior. Transitará por un paisaje humanizado en el cual la natura sólo se reserva algunos rincones para mostrar su anárquica creatividad asilvestrada. El río Iregua entre Alberite y su desembocadura en el Ebro, junto a la población  de Varea, refrena su carrera en las pequeñas represas que traban el cauce, remansan sus aguas y posibilitan espacios relajados de serena belleza y rica biodiversidad.



Llega “el caminante” por el Parque del Ebro de la ciudad de Logroño hasta la pasarela, que salva en el Parque del Iregua, el río que da nombre al mismo, próximo al lugar donde desemboca este con el principal. Se propone remontar el Iregua como hacía la antigua vía romana que partía de Varea en dirección a Numancia, mas él llegará únicamente a las cercanías de Alberite. Pretende detenerse en cada azud construido en él para garantizar agua en las acequias de riego o conducirla hasta los molinos o batanes movidos por la potencia hídrica que garantizaba el río, de ellos quedan únicamente algunas ruinas, como vestigios del pasado, esculpidas en el paisaje. Si aparecen, por el contrario, muestras abundantes de su existencia en legajos y documentos de archivo.



Apenas ha recorrido doscientos metros, desde que dejó atrás el puente peatonal que permite el acceso a Varea desde el parque y encuentra ya el primer azud: una pequeña presa que recrea en el parque un espacio donde se respira calma. En el rebalse generado bajo álamos y sauces, enmarcado en un tupido carrizal de aneas, adelfillas y otras plantas acuáticas asentaron sus nidos, los meses anteriores, anades reales, ruiseñores o carriceros, y ahora una nueva generación de pobladores alados adquieren por allí recursos y reservas: unos para el invierno y otros para emprender en breve sus rutas migratorias… Un auténtico lujo para este parque del que hacen uso y disfrutan tantos vecinos de la ciudad.



Retoma el paseo “el caminante”, pasa bajo el puente de Varea por el que transitaba la ya jubilada N-232, el Iregua se muestra pletórico de vida para los paseantes curiosos, pacientes y sin prisas,  vitalidad visible como en los documentales televisivos pero en vivo y en directo. Deja atrás el puente del ferrocarril, interesante obra de ingeniería en piedra, hierro y hormigón cuyo futuro es incierto,… si como presumen los pregonados planes de infraestructuras, el AVE enlazara con esta ciudad... De ahí su faraónica estación. Luego pasa bajo el mastodóntico puente de la Autovía de Circunvalación (…le recuerda a un diplodocus y le gusta) y a menos de cien metros una segunda pasarela salva el río y permite visionar al completo un segundo azud curvo  de grandes dimensiones y que da origen a una acequia de riego para las fértiles huertas de Varea. En el nuevo remanso, el agua sosegada por la luna menguada de cemento posibilita un pequeño soto selvático en medio de la naturaleza amaestrada del parque… Cuan necesarios le parecen “al viajero” estos rincones para repensar y refrenar la agitada actividad cotidiana,… y como echa en falta alguna mesa y bancos en el entorno.



Prosigue su recorrido y abandona el Parque del Iregua por debajo de Puente Madre y se dispone a recorrer la nueva senda para caminantes y bicicletas habilitada en las traseras del Barrio de La Estrella, entre las huertas y las choperas, y con paso presto pues queda trecho hasta llegar a Alberite, observa con agrado el buen hacer de los hortelanos, su minucioso cálculo y geometría en la organización de los cultivos, el trato mimoso de la tierra y las hortalizas,… no puede entender que no se esmeren igualmente en los vallados,  pequeñas construcciones o mobiliario por ellos esparcidos, y probablemente encuentre explicación en los frecuentes robos y el vandalismo que sufren estas huertas… Mas creo, que también habría algo que decir sobre el mal gusto que impera, el poco el aprecio que sentimos por nuestros paisajes cercanos, en los que nos movemos habitualmente, no nos exigimos en el cuidado de los mismos ni somos exigentes con los gestores del territorio… No somos conscientes de que su calidad incrementa nuestra calidad de vida… Como se nota que hoy “el viajero” camina sin agobios pues su cabeza es capaz de componer pensamientos críticos y ello le reconforta.



Al pasar bajo el puente del vial de acceso al Hospital San Pedro desde la carretera de Villamediana, todavía con la pátina y el maquillaje del estreno, observa en él detalles prácticos e interesantes, no así en el puente de la autopista AP-68 que le resulta poco sugerente (…siente “el viajero” atracción por los puentes) Es difícil sentir el río en esta parte del camino, en ocasiones intuimos su discurrir entre las enmarañadas arboledas, y solo algún sendero se adentra en las alamedas entre los arbustos, enredaderas y zarzas, para llegar a su orilla. Son utilizados por los agricultores para llegar al Iregua, colocar las motobombas y tomar agua en las pequeñas represas seminaturales y poder así regar arboledas y plantaciones. Estos azudes han supuesto un trabajo tenaz, para acarrear los grandes bloques de piedra, y esmerado, para que su colocación resulte funcional. Igual que en los anteriores, el estancamiento del río da lugar a parajes excepcionales, donde no debiera sorprender descubrir el rastro del visón europeo en lo alto de alguna piedra o madera señalada de la orilla o encontrar una letrina de gineta en el tronco engrosado de un longevo aliso… Párate y disfruta de estos rincones, adéntrate por alguna de estas sendas, que utilizan también los pescadores en este tramo del río de pesca sin muerte, y te resultará adictivo.




Aún pasará “el caminante” bajo dos puentes menores, en las proximidades de Alberite, y remontará pegado al río un camino que le acercará al último azud que hoy va a visitar. Se encuentra cerca de la población, en el  término del Barborro (tengo que contrastar esta terminología). El lugar hace enmudecer la mente del “viajero”, mira atónito el espectáculo que protagoniza el salto de agua, y se siente  agua acrobática que se zambulle desde lo alto del azud, escucha en la caída su canto monocorde, y lo matiza con notas licuadas robadas al contrabajo que su mente acaricia… No desea levantarse, pero lo hace la vista,… de una de las ramas del aliso, joven, flexible, vigorosa,  sobresaliente hacia el cauce, pende inaccesible una bolsa tejida con destreza, una cuarta de larga por media de ancha, de finas hierbas urdida y pelusas de chopo tapizada, en la media panza hacia arriba un apéndice tubular permitía el acceso al nido al “pájaro arquitecto”, el pájaro moscón… No desea levantarse, pero…




Sigue el mapa que ha recorrido "el viajero" no te defraudara:




sábado, 23 de agosto de 2014

Arboledas singulares en el Moncalvillo

Crónica de un error de logística
Le había contado con entusiasmo, otro amigo de perderse en paisajes recónditos, de la existencia de algunos barrancos todavía agrestes y asilvestrados, que mantenían escondidas en su seno pequeñas esmeraldas boscosas, y así le habló de algunas alisedas, abedulares o mostajeras. A ellas se accedía únicamente por las veredas ocasionales generadas por el tránsito del ganado o las trochas intuidas de la fauna salvaje, trazadas entre la densa vegetación que puebla el cauce pedregoso de los arroyos que conforman la cabecera del Rio Yalde, más en concreto el Barranco de la Turriente, el Barranco del Castillo y el Barranco de los Pinos o de los Tejos.



Con estas ideas en la cabeza y tras consultar durante la noche los mapas del IGN y el Google.maps, “el viajero” se acerca de madrugada  a la población de Castroviejo y desde allí parte en dirección sur por la Calle Mayor, que se tornara sureste al terminar la misma, y prosigue por un camino amplio que desciende con rapidez hasta encontrarse con el río. Lo vadea sin dificultad para continuar el remonte del Yalde por la pista, ahora con cautela pues tres mastines sin control, procedentes de una moderna, aunque descuidada, explotación ganadera, cruzan la corriente para mostrarle, a una pedrada de distancia, sus credenciales dentales y fonadoras. Esto encuentros con los canidos enervan “al caminante”, no puede entender que campen a sus anchas sin nadie que los controle y sean dueños y señores de los caminos públicos,… parece ser que todos los que transitan por ellos deben ser conocedores de las bondades de los perros… En la siguiente curva cerrada abandona el camino y se adentra, dejando atrás los ladridos, en el barranco que el río ha labrado.



Han desaparecido los senderos y le queda como única guía seguir el discurrir del agua a contracorriente. Desde el comienzo resulta dificultoso caminar por su amplio cauce, tapizado de grandes cantos rodados y en el que se han desarrollado tupidas masas arbóreas y arbustivas. Avanza muy lento y debe emplearse a fondo, decidir después de cada paso hacia dónde dirigir los siguientes, necesita mantener alerta sus sentidos, hoy se aventuró solo por estos inhóspitos parajes, sin cobertura de móvil (acaba de comprobarlo), y no puede permitirse ni un mal resbalón. Las alisedas dominan el fondo del barranco, arboles querenciosos de las caricias del agua en tránsito por sus raíces, pueden parecer desubicadas en este canchal de cantos rodados donde cuesta en ocasiones sentir la  presencia del río. Sauces, avellanos, mostajos, espinos albares o algunos arces compiten por el espacio de este ecosistema cerrado con los alisos y encuentran a su sombra la luz que demandan en su aventura vital. Por otra parte en los tramos más abiertos y alejados del líquido elemento, mejoranas, jaras o escaramujos conforman el mosaico vegetal y dan lugar a un marcado contraste con las zonas de alisar…



Comienza a sentir calor, le agobia la tremenda humedad reinante sin llegar a las nueve de la mañana, otro barranco se une al principal por la derecha,… y “el caminante” sin poder consultar el Google.maps en quien había confiado su orientación… En esas condiciones se adentra por la nueva barranquera pues reconoce cercanos los restos de una pequeña presa, probablemente con la única finalidad de contener las riadas con prisas. Tras comprobar el estado de la arquitectura arruinada valora el volumen de agua que aporta este arroyo al Yalde, y sin tener operativo el móvil que permitiese la comprobación, considera que aquel no debe de ser Barranco de los pinos que él deseaba remontar y retorna al que considera de mayor entidad hídrica, cada vez mas angosto, con paredes verticales y profusa vegetación.



Le cuesta avanzar bajo la arboleda laberíntica, trabado por una maraña de zarzas y helechos, e inmerso en un ambiente cálido, húmedo y asfixiante… Arrullado por el riachuelo oculto, se topa con otro muro empedrado de unos tres metros de altura, quince de longitud y que cierra el barranco de pared a pared. Este dique, más sólido y consistente que el anterior, sudaba febril a través de su dermis de musgo y liquen, en dicha piel varios lacrimales de irregular distribución y sufrimiento lloraban con generosidad las aguas retardadas del arroyo. Se siente “el viajero” apabullado por la desbordada abundancia vegetal y acuática embarrancada, atraído por la melancolía que encierra ese rincón se sienta a escuchar la intrigante balada de quiméricas aventuras que allí se escuchaba…



No encuentra manera de superar la presa, este obstáculo que le obligará a retroceder y retardará su avance le hace plantearse la posibilidad de desistir… Vuelve sobre sus pasos hasta hallar en el talud de la derecha un tramo de menor pendiente y trepa por él con dificultad, las tierras que envuelven cantos redondeados tienen tendencia al resbalón, debe agarrarse a ramas de roble y a los brezos para poder acceder a lo alto del barranco. Una vez allí avanza por el robledal hasta superar la presa y desciende de nuevo al fondo de la cárcava…  El panorama continuaba tan agreste como el que traía bajo la presa: un espacio selvático que se encajonaba entre erguidos farallones, donde remontar suponía aventurarse al encuentro de lo inesperado…




Pero hoy no será ese día. Sabe “el caminante” que cuando de conocer la natura se trata, hay momentos para desistir en el empeño, darse la vuelta y esperar otra ocasión para intentarlo, y hoy era uno de ellos: solo, por un terreno abrupto, accidentado y desconocido para él, un calor tórrido,… y sin cobertura. Abandona pues, sin tener claro que barranco había tratado de remontar, la búsqueda del abedular asentado en una seca (1), de una rara, por inusual, mostajera (2),… o de cualquiera de los singulares bosquetes que todavía era posible descubrir en aquellos barrancos del Moncalvillo, de los cuales le había hablado el “amigo de perderse en paisajes recónditos”. 



Hoy el mapa solo indica en verde continuo el trayecto que deseaba seguir "el viajero" y en verde intermitente los otros barrancos que conforman la cabecera del Río Yalde.


Notas aclaratorias:
(1)    Seca: en esta comarca acumulación por derrubio de gran cantidad de piedras redondeadas que llegan a formar superficies destacadas sin vegetación.                                                                                                                                                                                                                                 
(2)    Mostajera: bosquete de mostajos (Sorbus aria) 





sábado, 26 de julio de 2014

Donde el Río Linares pierde la memoria


Antes de abandonar los valles bajos de La Rioja, este inicio de verano atormentado y frío en exceso, y subir como los rebaños trashumantes de antaño en busca del agua y la frescura que espera encontrar en los valles del Iregua, el Najerilla o el Oja, quiere volver a remontar el Río Linares por una vereda que recorre “el viajero” casi con devoción en cualquier época del año y en la que siempre encuentra motivos para regresar.

                       El sendero discurre colgado sobre el Río Linares

Se acerca para ello a la población de Valdeperillo, aldea de Cornago, y cruza a la otra orilla del río por el puente cuya visión tiene  capacidad de enervarle, pues considera que este paisaje se merecía una obra de ingeniería más pensada o al menos mejor ejecutada y, como le ocurriera a la mujer de Lot, al alejarse del pueblo siente la necesidad de volver la cabeza y si bien no se saliniza pues estas tierras son amigas del azufre, lo atestiguan los pequeños cubos de pirita que encuentra en este tramo del camino, se le llevan los demonios al comprobar cómo, detalle a detalle, el conjunto arquitectónico va perdiendo su singularidad: en la rehabilitación o construcción de nuevas viviendas se dan respuestas urbanas y  la agrupación de pajares entorno a las eras, magnífico ejemplo de la solución que la arquitectura tradicional ha dado a sus necesidades y con materiales acarreados en el territorio, se transforman en garajes o almacenes, que no está mal, pero con materiales foráneos muy dispares. Es este un ritual, echar la vista atrás, que empieza a preocupar “al caminante”,…  que prosigue ya su ruta por el GR-93, Sierras Riojanas, que tomara en Valdeperillo en dirección a Enciso.

                                                Valdeperillo

Transita, encaramado sobre el Río Linares, por una senda trazada en la ladera rocosa, flanqueada tan solo por  terrazas desaliñadas y ocupadas por ascéticos almendros u olivos, mal pertrechados la mayoría, y se recrea con la vitalidad de las arboledas de álamos o fresnos que ocultan de manera irregular el tránsito del agua, a la vista que no al oído, ya que su algarabía (1) todavía manifiesta a  mediados de julio es inhabitual. Acompañan la algazara (1) del río una desigual orquesta alada de sones aflautados y solistas destacados: la oropéndola, con su peculiar silbido, la aflautada curruca capirotada o el melódico ruiseñor. Mas no puede evitar el mirar de nuevo, por contraposición, esas terrazas ya tan solo intuidas a uno y otro lado del sendero. En sus días de ocupación plena, estas paredes de piedra  propiciaban el cultivo de trigos, avenas o centenos, ahora son los tomillos, aulagas y romeros los que colonizan estas tierras empobrecidas por el abandono y la erosión que campan a sus anchas. Cruza la senda del GR un barranco sin nombrar, que se descuelga escalonado, semidesnudo, teñido el cauce en colores ocres y pardo rojizos por la oxidación de los mineras de hierro y cobre que forman parte de las rocas, hoy generoso en aguas garbosas en busca de las cercanas aguas bautizadas. Una vez superado el mismo, a 200 m. tomará el caminante una vereda todavía más estrecha que desciende a la izquierda de la principal con marcas de color amarillo y blanco difíciles de localizar en ocasiones. Cuesta abajo el panorama ha cambiado poco, bancales desmemoriados con los empedrados heridos, desbarrigados por la navaja indiferente del tiempo pierden la tierra sudada, pues fue acarreada hasta allí en los “serones”(2) por los mulos y luego acabados de rellenar y uniformar por hombres y mujeres con las “terreras”(3) cargadas en las caderas.

      Corren los barranquillos tras las tormenta del inicio del verano


Después de cruzar un nuevo barranco se topa con una pequeña construcción levantada con técnica similar a las terrazas, una prolongación de ellas, y con materiales, además de la piedra del terreno, mortero, tejas y madera de álamo. Es un edificio que conoció “el viajero” ya hace algunos años y del que ha hablado en artículos y charlas, el colmenar le resulta singular y por ello habla de su valor etnográfico, paisajístico, histórico y emotivo… El apicultor construyó un abrigo acogedor, con estanterías de madera en su interior donde ordenar sus “piones” (4) y protegerlos del calor, el frio o el agua,… seguro que sentía pasión por estos “animalitos”, las abejas. Otro espacio que se borra de la memoria del territorio. Prosigue la vereda por intuición en ocasiones, pero sin miedo a la perdida, remonta el río próximo a él hasta llegar al lugar donde una sucesión de grandes piedras asentadas en el cauce del Linares, unas cerca de otras, le permitirán vadearlo cuando regrese, incluso en días como el presente con aguas envalentonadas por las tormentas.

                  Peculiar colmenar en la Vega del Linares

Sigue por la senda de  marcas amigas del despiste y se adentra “el caminante” en un paisaje diferente, donde el agua, los árboles y, como diría Joaquín Araujo, la “vivacidad” (5) que ocupa este espacio selvático lo llenan todo. Se siente como un intruso, un osado que se inmiscuye en una batalla por la  ocupación del fondo del valle: la vitalidad salvaje del sotobosque con álamos, fresnos, arces, unos pocos cerezos altiricones y desgarbados, resistentes de los muchos que fructificaban en las generosas huertas de esta vega, cornejos,… o cornicabras se enfrentan,… y se mantienen a raya, la vereda los separa,…  a la tenacidad de las encinas, que se descuelgan de los empinados taludes en busca de tierras tranquilas, y a los pacientes y asentados olivares que no abandonan sus terrazas,  esperan todavía que nuevas manos poden sus ramas y ordeñen sus olivas en el invierno, son estos del entorno de Villarijo, a donde ya se acerca “el viajero”, no encontrará olivares más longevos en la provincia de Soria,  este pueblo junto a Cigudosa son los únicos de la provincia por debajo de los 800 m. de altitud.

    La vitalidad salvaje del soto compite con la tenacidad de encinas y olivos

 Con el despoblado a la vista atraviesa una yasa muy abierta y pedregosa que desciende desde el noroeste al encuentro del Linares, se adentra en ella y busca las historias que se pierden entre la maleza y que nos hablan de pequeñas diligencias que traían gente hasta allí para tomar las aguas sulfurosas o ferruginosas e incluso baños de agua caliente, las mismas que utilizaban las mujeres para la colada apartadas de la surgencia,  aguas que manaban en la margen izquierda del Arroyo Horcajuelos, ahora le resulta difícil “al viajero” encontrar los manantiales, o en el margen derecho los testigos que le hablen de la llegada de los paisanos con las olivas dispuestas para el prensado al notable trujal que allí se construyó, probablemente también el único soriano. Se muestra hoy con la techumbre perdida y los paredones  cansados, sólo permanece en su sitio la enorme viga de la prensa, madera de olmo, anclada a los contrafuertes del muro que se apoya en la ladera, restan por el suelo, entre los escombros, esteras de cáñamo o piedras desgastadas del molino, resignados al olvido… Mustio torna sobre sus pasos a la senda de las marcas timoratas, desolado por el avance del alzhéimer que padece este paisaje.

       Longevos olivares sobreviven olvidados en el tiempo

Deambular por las calles de Villarijo refuerza sus malos presentimientos sobre la pérdida de memoria que sufre este rincón olvidado del territorio. Se percata de la desaparición de la placa dedicada a D. Ezequiel Solana (6), ilustre pedagogo nacido en esta Villa en 1863.  Esta placa herida ya por la ignorancia de los balazos, así como otros espacios y enseres, permanecía todavía anclada a la pared hace pocos años y recuerda “el viajero” como le resonaban en los oídos, cuando conoció la historia, las ráfagas de metralleta o la voladura de algunos edificios allá por el año 1980, en las maniobras con fuego real de los GEOS, el pueblo permanecía vacío desde el año 1972. Los pasos conocedores inconscientes del espacio le llevan ahora hasta el desvencijado molino propiedad de la familia de D. Ezequiel, junto al gran tambor de almacenaje de agua excavado en la roca, alimentado por un canal que nacía aguas arriba, y que movería el rodezno capaz de poner en marcha la molienda de harina así como la pequeña minicentral eléctrica que aportaba la energía suficiente para cubrir las pocas necesidades de iluminación de las humildes viviendas de esta población , aquí vio él por primera vez cerraduras todavía de madera en algunos recintos. Cuantas historias a punto de desaparecer pasan por su cabeza, y siente melancolía,… y siente rabia pues las últimas noticias que aparecieron en los periódicos sobre este ilustrado paisaje, en agosto del año 2012, hacían referencia a la detención de tres personas por el cultivo de marihuana… Y olvidan por completo el espolio que sufre cada día, aquí, la memoria histórica y paisajística de todos. Cuando llega a la Iglesia, espacio sobre el que también hubiera querido extenderse   “el viajero” en sus reflexiones, mas ya no tiene tiempo, observa todavía erguido el chopo clavado para celebrar la Cruz de Mayo, fiesta que recuerda con nostalgia su padre pues acudía invitado por sus amistades  andando desde Villarroya,  todavía paladea en su memoria los sabrosos caracoles guisados, cogidos en el regadío, y las abundantes, dulces y jugosas cerezas de la vega que deleitaban los postres…

            Las historias se borran de la memoria de Villarijo

Regresa por donde vino el caminante y vadea el río por el lugar mencionado, camina con prisa, el calor arrecia ya cuando llega al otro molino harinero de gran porte y también arruinado, lo recuerda todavía con todas sus maquinarias, poleas y conducciones de madera en buen estado. Ahora está infranqueable y hundido… Contempla sin embargo con agrado el buen hacer de los hortelanos en las fértiles tierras próximas a Valdeperillo y se lleva como otras veces todo este bagaje de relatos de nuevo en la cabeza, e intentará no olvidarlas, pues mientras se recuerden permanecerán vivas las historias de este paisaje entre La Rioja y Soria,… que está perdiendo la memoria.

                                   Molino arruinado de Valdeperillo
  
Sigue los pasos que lleva "el viajero" con el mapa y recorre este camino  donde la memoria del paisaje se pierde...


Notas aclaratorias:
(1)    Algarabía: (Del ár. hisp. al´arabíyya )  Gritería confusa de varias personas que hablan a un tiempo. RAE
      Algazara: (Del ár. hisp. al azara ) Ruido de muchas voces juntas, que por  lo común nace de alegría.RAE                                                                           
(2)    Serones: en esta comarca riojana, grandes alforjas para llevar a lomos de las caballerías, de saco o esparto.
(3)    Terreras: en esta comarca riojana, cesta de mimbre con dos asas, diámetro grande y poca altura, utilizada para llevar tierra de un lugar a otro.
(4)    Piones: en esta comarca riojana, colmena de mimbre trenzada, recubierta de excrementos de ganado y después de barro, de forma cilíndrica.
(5)    Vivacidad: concepto utilizado por Joaquín Araujo para referirse a la biodiversidad que “… transita por un paisaje”. Recala más información en el libro del citado Autor: Éticas y poéticas del paisaje, capítulo 5. Editorial Tundra.

(6)    Ezequiel solana: humanista, publicista y poeta, nació en Villarijo (Soria) el 10 de abril de 1862.Fundador de la Editorial El Magisterio Español.                                             
       Abuelo del Ministro y Secretario General de la OTAN Javier Solana.

                        Bosque de ribera entre Valdeperillo y Villarijo